lunes, 31 de diciembre de 2007

Feliz Nuevo año 2008 !!!

Me parece que ya llevo un año y un poco mas en este blog que si he logrado recopilar o juntar todos los archivos de interes que ese es el objetivo de mi blog que me ha dado tanto... ahora es un nuevo año... nuevo inicio, nuevo todo, hay que cambiar. Y por eso les quiero desear Feliz año Nuevo.

Gracias a los lectores, Felicidades en sus fiestas y espero que este año sea aun mejor.

PD: Ultimo post del año.

El "Reemplazo de JL"

A todos los que me han leido en el anterior post de despedida de Picard, que por cierto fue borrado el foro por motivos de DD(segun me entere), les quiero anuncia que con la ayuda de nuestro amigo Mudvaneymx y Mokuba ya esta el nuevo reemplazo de jl-picard. Cosa que nada podra reemplazarlo pero ya que XD.

http://viciocar.ar.gs/

martes, 25 de diciembre de 2007

La pequeña alma y el sol

Había una vez un alma que sabía que ella era la luz. Era un alma nueva, y, por lo tanto, ansiosa por experimentar. <> Pero todo lo que supiera al respecto y todo lo que dijera al respecto no podían sustituir a la experiencia.
Y en la esfera de la que surgió esta alma no había sino la luz.
Todas las almas eran grandiosas, todas las almas eran magníficas, y todas las almas brillaban con el brillo imponente de Mi propia luz.
Así, la pequeña alma en cuestión era como una vela en el sol.
En medio de la más grandiosa luz - de la que formaba parte -, no podía verse a sí misma, ni experimentarse a sí misma como Quien y Lo Que Realmente Era.

Sucedía que esta alma anhelaba una y otra vez conocerse a sí misma.
Y tan grande era su anhelo, que un día le dije:

- ¿Sabes, pequeña, qué deberías hacer para satisfacer este anhelo tuyo?
- ¿Qué Dios Mío? ¡Quiero hacer algo! - me dijo la pequeña alma.
- Debes separarte del resto de nosotros - respondí -, y luego debes surgir por ti misma de la oscuridad.
- ¿Qué es la oscuridad, oh, Santo? - pregunto la pequeña alma.
- Lo que tu no eres - le respondí, y el alma lo entendió.

- "Puedes elegir ser cualquier parte de la Creación que desees ser. Eres divinidad absoluta experimentándose a sí misma. ¿Qué aspecto de la divinidad deseas experimentar ahora como Tú?"
- "¿Quieres decir que tengo alternativa?", preguntó la pequeña Alma.
- "Sí, puedes elegir cualquier Aspecto de la Divinidad en, como y a través de ti".
- "De acuerdo", - dijo la Pequeña Alma. Entonces, elijo el Perdón. Elijo experimentar a mi Yo como esa parte de Dios llamada Perdón Total.
Esto creó un pequeño desafío, como podrás imaginar. No había nadie a quien perdonar. Todo lo que Dios ha creado es Amor y Perfección.
- "¿Nadie a quién perdonar?", preguntó la Pequeña Alma con cierta incredulidad.
- "Nadie", -repitió Dios. Mira a tu alrededor. ¿Ves algún Alma menos perfecta, menos maravillosa que tú?
La Pequeña Alma miró a su alrededor y se sorprendió al verse rodeada de todas las Almas en el Cielo. Habían llegado desde lejos, desde todos los confines del Reino, porque escucharon que la Pequeña Alma mantenía una extraordinaria conversación con Dios.
- "No veo a nadie menos perfecto que yo", ........exclamó la Pequeña Alma. ¿A quién tendré que perdonar entonces?
En ese momento, otra Alma se acercó de entre la multitud.
- "Puedes perdonarme a mí",dijo esta Alma amistosa.
- "¿Por qué?", preguntó la Pequeña Alma.
- "Llegaré a tu Vida física y te haré algo para que perdones", respondió el Alma amistosa.
- "Pero, ¿por qué? ¿cómo podrías tú, un ser de tan perfecta Luz, hacer que desee perdonarte?", quiso saber la Pequeña Alma.
- "Oh", sonrió el Alma amistosa. "Estoy segura de que podemos pensar en algo"
- "¿Y por qué querrías hacer algo así?", preguntó intrigada.
- " Simple", respondió el Alma amistosa. "Lo haré porque te Amo. Deseas experimentar a tu Yo perdonando, ¿no es así? Además, tú hiciste lo mismo por mí".
- "¿Lo hice?" preguntó la Pequeña Alma.
- "Por supuesto, ¿no lo recuerdas? Hemos sido Todo de Eso tú y yo. Hemos sido el Arriba y el Abajo y la Derecha y la Izquierda. Hemos sido el Aquí y el Allí y el Ahora y el Entonces. Hemos sido lo Grande y lo Pequeño, el Hombre y la Mujer. El Dios y lo Malo. Todos hemos sido Todo de Eso. Lo hicimos por acuerdo, para que cada una de nosotras pudiera experimentarse a sí misma como La Parte Suprema de Dios, porque comprendimos que...
"En ausencia de eso que No Eres, Eso Que Eres no es".
En ausencia de frío no puedes sentir calor. En ausencia de la tristeza no puedes estar feliz. Sin eso que llaman "mal", la experiencia que llaman "bien" no puede existir. Si eliges ser una cosa, algo o alguien opuesto a eso tiene que mostrarse en algún lugar de tu Universo para hacer eso posible".
El Alma amistosa explicó entonces que esas personas son ángeles especiales de Dios, y esas condiciones son regalos de Dios.
- "Sólo pediré una cosa a cambio", dijo el Alma amistosa.
- "Cualquier cosa, cualquier cosa", respondió la Pequeña Alma.
Estaba entusiasmada al saber que podía experimentar cualquier Aspecto Divino de Dios. Entonces comprendió el plan.
- "En el momento que yo te golpee o te aniquile", dijo el Alma amistosa, "en el momento que yo te haga todo lo peor que puedas imaginar, en ese momento...............recuerda Quién Soy Realmente".
- "Oh, no lo olvidaré", prometió la Pequeña Alma. "Te veré en la perfección en la que te tengo ahora y recordaré siempre Quién Eres".


Y eso hizo el alma, apartándose del Todo, e incluso yendo hacia otra esfera. En esta esfera el alma tenía la facultad de incorporar a su experiencia todo género de oscuridad. Y así lo hizo.
Pero en medio de toda aquella oscuridad, gritó:

- ¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado?

Igual que vosotros en vuestros momentos más negros. Pero Yo nunca os he abandonado, sino que estoy siempre a vuestra disposición, dispuesto a recordaros Quienes Sois Realmente; dispuesto, siempre dispuesto, a recibiros en casa.

Así pues, sé la luz en la oscuridad, y no la maldigas.
Y no olvides Quién Eres mientras dura tu rodeo por el camino de lo que no eres.
Pero alaba la creación, aunque trates de cambiarla.
Y sabe que lo que hagas en los momentos de más dura prueba puede ser tu mayor triunfo, ya que la experiencia que creas es una afirmación de Quién Eres, y de Quién Quieres Ser.

Que bella historia!

domingo, 23 de diciembre de 2007

Navidad?

Increible... es increible... ya va a ser navidad... a veces queria que el año no se acabara pero a veces si y ahora ya se acabara... Casi no lo puedo creer... pero bueno, de igual manera les deseo feliz navidad a todos los lectores y que disfruten de sus vacaciones que para eso son xD

¿Saludos !!!

martes, 18 de diciembre de 2007

Despedida de Jl-Picard

Ya quedo clausurado para siempre el gran foro de JL-Picard.com.ar y es que dicen que no aguantaba mas por problemas ya previsibles y que era cuestion de tiempo para que cerrara pero en fin... sera un gran recuerdo tan tremenda pagina... lugar donde conoci a tantas personas y aprendi tanto y si uno va a esa pagina ahorita te lanza una pagina de conocer personas o.o

No se como voy a sobrevivir ahora :S

Jl-picard.com.ar

viernes, 30 de noviembre de 2007

Mapa Musical?

Gracias a la compañia Gracenote tenemos esta pagina que nos muestra un como top 10 de artistas y sus canciones que mas se oyen en el pais

http://www.gracenote.com/map/

Quien dijo ayer de arjona
Adentro de arjona
Amar es combatir de Mana
La vida es un ratico de juanes
El tren de los momentos de alejandro zans
Unidos permanecemos de hillsong
Santo pecado de arjona
Fijacion oral de shakira
El aire de tu casa de jesus adrian

¿Esos pegan en Guatemala ahora?

viernes, 23 de noviembre de 2007

El ahogado mas hermoso del mundo

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
—Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.